No se trata de traducir palabras, sino ideas.

No basta con transmitir el mensaje: es necesario reproducir también los rasgos culturales, ideológicos y estilísticos que lo acompañan. Solo así se puede aspirar a que la traducción se sienta igual que el original.

¿Qué es traducir?


Cuando nos expresamos, a falta de un modo más eficaz de hacerlo, nos servimos de las palabras. Sin embargo, las palabras en sí mismas no constituyen el mensaje. Confiamos en que quien las escuche (o lea), partiendo a su vez de sus propias ideas, recuerdos, vivencias o sentimientos, recomponga con ellas un mensaje lo más parecido posible al nuestro original .


Puesto que no hay dos personas en el mundo que piensen, sientan o perciban su entorno exactamente de la misma manera, a veces se producen malentendidos incluso entre personas que hablan el mismo idioma. A medida que aumenta la distancia física (y por ende cultural), la comunicación efectiva se hace más y más difícil. Por eso el encargado de facilitar la comunicación entre quienes hablan lenguas distintas no puede limitarse a cambiar las palabras de una por las de la otra: debe también procurar la armonía entre todos los elementos gramaticales, semánticos y culturales de los que parten emisor y receptor del mensaje. Su labor requiere empatía y un gran respeto por ambas culturas, y no se puede llevar a cabo con prisa o desgana.


El mensaje traducido debe decir lo mismo que el original, de forma tan semejante como permita la lengua de destino, cuidando de no introducir en esta elementos extraños o ajenos y procurando causar en el receptor el mismo efecto que le habría causado el propio original de haber podido comprenderlo. El buen traductor debe equilibrar adecuadamente la fidelidad que debe a su cliente, al autor del original, al público de su traducción y sí mismo. Aunque a veces pudiera parecer que los intereses de unos y otros difieren, en la práctica la prioridad de todos ellos debe ser la misma: la mejor traducción posible. Poder llevar a cabo esta labor, como hicieron, hacen y harán aquellos a los que debo gran parte de mis conocimientos presentes y futuros, supone un gran honor, pero también una gran responsabilidad. Al fin y al cabo, traducir es relativamente fácil, pero traducir bien es extremadamente difícil.

¿Qué significa sensum de sensu?


Ego enim non solum fateor, sed libera voce profiteor, me in interpretatione Graecorum, absque Scripturis sanctis, ubi et verborum ordo mysterium est, non verbum e verbo, sed sensum exprimere de sensu.


Yo, en efecto, no solo admito, sino que proclamo abiertamente que en mis traducciones del griego (excepto en el caso de las Sagradas Escrituras, en donde incluso el orden de las palabras encierra un misterio) no extraigo la palabra a partir de la palabra, sino el sentido a partir del sentido.


Este fragmento de la Epistula Ad Pammachium, De Optimo Genere Interpretandi (Carta a Pamaquio, sobre el traducir de la mejor manera), escrita por San Jerónimo (a la postre patrón de los traductores) en el año 395 d. C., se ha convertido en una de las grandes máximas históricas sobre cómo debe entenderse la traducción. Quise pues adoptarla como título para este sitio web por su capacidad para expresar de manera breve y reconocible mi forma de enfocar mi profesión.

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